Zapatos Rotos


Zapatos Rotos



El viajero llegó al anochecer.
Como una sombra precediendo las tinieblas que se extienden inexorables en cada ocaso, el hombre alcanzó las primeras casas del pueblo por el camino del este.
Con él, acompañándolo, una pobre bestia de carga cargada hasta los topes, aunque vigorosa, bien alimentada y cuidada.
Tras ella, a punto de darles caza, la nada de un día que toca a su fin.
Y al fin, un merecido descanso.

La aldea, apenas unas callejuelas que se entrecruzan entre ellas, alberga unas pocas familias que, a esas horas, permanecen ya encerradas en sus hogares alrededor de la lumbre.
Fuera, el frío arrecia, y la crudeza del inminente invierno se hace notar en las tierras, ocultas bajo un manto de oscuridad y penumbra.

Polvo del camino, barba recia, zapatos desgastados, propios de un caminante.
El hombre, ya entrado en años, recorre las calles desiertas sin encontrar a nadie. Ni un alma. Ni un animal, bien resguardados en los establos. Sólo el frío, solo, acurrucado agazapado en cada rincón.
Las casas, cerradas a cal y canto, despiden por sus ventanas fugaces resplandores, mientras de sus chimeneas escapan volutas de humo, atestiguando que están habitadas, y de su interior se desprende un ambiente cálido, acogedor.

En vano es llamar pidiendo refugio, a tales horas. Antaño, las puertas permanecían abiertas a los recién llegados, y todo visitante era bien acogido. Pero los tiempos, como las gentes, cambian.

Aun así, siempre quedan quienes se mantienen firmes en su esencia, y permanecen fieles a sí mismos. Y es gracias a esto que, de entre las últimas casas del camino del oeste, una, sólo una, todavía alberga a quienes están de paso.
“La calzada”, la llaman.

Un pequeño farol colgando en la fachada sirve de aviso al forastero. Encendido día y noche, es señal inequívoca de que la puerta siempre queda abierta.
Basta acercarse para notar que es lugar de encuentro y descanso para gentes llegadas de lejos.
La algarabía de la planta baja hasta bien entrada la madrugada contrasta con el silencio de la planta superior, lugar de quietud donde reposan los sueños.
Al lado del edificio principal, una cuadra guarda los animales de los viajeros, cuidados y atendidos por un joven que sale al encuentro del nuevo huésped, y mientras éste marcha a la posada, la preciada carga queda guardada en una habitación al fondo de la casa.

La cálida atmósfera que se respira al traspasar el umbral de la puerta despierta los sentidos, aletargados por la intemperie.
A un lado, la lumbre arde en un hogar donde se cuece lo que va a ser la cena en un enorme caldero. En el resto de la estancia, varias mesas y sillas dispersas están ocupadas por gentes que beben de grandes jarras mientras charlan animadamente, y al fondo, unas escaleras que conducen arriba.

La taberna o pensión sería igual a cualquier otra de no ser porque, en el rincón más cercano a la puerta de entrada, lugar preferente de toda estancia tan visitada, un estante con un montón de zapatos ordenados, colocados de más a menos viejos, capta la atención del recién llegado.

Alguien, al parecer un vecino del pueblo, le explica a un forastero el por qué de aquella peculiar colección.
- Un hombre, hace ya mucho, dejó unos zapatos en ese rincón, tal vez olvidados, o quizá porque simplemente estaban ya rotos, y ahí quedaron, guardados, por si volvía a recuperarlos.
Durante un tiempo, lógicamente, nadie los cogió, pues a nadie agradan unos zapatos viejos y usados. Pero un día, un viajero al parecer pobre, muy pobre, antes de marchar preguntó si podía cambiarlos por los suyos, apenas unas tiras de cuero, y tras el consentimiento por parte de los allí presentes, se fue entusiasmado, consciente de que sus pies quedarían menos doloridos, sus pasos serían más livianos, su camino menos duro.
Al cabo de unos meses, este mismo hombre volvió, pero ya no como vagabundo o viajero sin rumbo. Había encontrado fortuna, y como muestra de su gratitud, al marchar dejó en el estante del rincón unos zapatos nuevos, para que, quien los necesitase, pudiera cogerlos o cambiarlos y darles buen uso.
Desde entonces, son muchos los que dejan o cambian su calzado aquí, bien como prueba de su paso por este lugar, por superstición o símbolo de buena suerte, o simplemente porque alguno de los que ahí encuentran es mejor que los que llevan puestos.
- ¿Y alguien cogió aquellos zapatos nuevos, no? – preguntó el forastero.
- Así es. Pero, a cambio, dejó dos pares, que fueron también bien útiles para otras gentes. Y así, entre idas y venidas, llegadas y despedidas, el intercambio no ha cesado hasta hoy.


Lo cierto es que formaban una curiosa colección.
Algunos con cordones desatados, otros con grandes agujeros formados por el uso y agrandados por el paso del tiempo, todos compartían una característica común: las suelas desgastadas, arañadas a cada paso, como si la tierra quisiese aferrarse a ellas, y no dejarles dar el siguiente.
Pero todo paso sigue a uno y precede a otro, siempre que no sea el último, o el primero.

Terminada la cena, y a falta de quehaceres, buenas son historias y cuentos contados.
Junto a la calidez del ambiente, la panza llena, y el embriagador don de la buena cerveza, los relatos se mezclan con la imaginación y las vivencias, y mientras se escuchan, se sienten.
Luego se oyen, lejanos… hasta que el sopor vence en la lucha eterna y perpetua que mantiene con la vigilia, y ésta yace rendida, abatida, hasta un nuevo despertar.


Cantan los gallos en los corrales, antes de despuntar el alba. Malditos bichos.
Hora de partir, piensan todos… excepto los que ya lo han hecho.

En el estante faltan algunos pares de zapatos, que nadie echará de menos, mientras otros, raídos y rotos, ocupan su lugar.
Unos marchan. Otros llegarán.
Es mejor así.

Muchos son los que quieren morir con las botas puestas. Otros, prefieren hacerlo descalzos, una vez recorrido el camino.
Pues cuando los pasos dejan de darse, y el camino de andarse, de poco sirven unos zapatos gastados, viejos y usados.
Es mejor guardarlos en el armario de los recuerdos, junto al estante del olvido, donde yacen al lado de aquellos con quienes compartieron el camino, o con quienes encontraron en su caminar.

Y es que, al igual que nadie nace sabiendo andar o sonreír, y nadie ha vivido sin tropezar alguna vez, nadie nace sabiendo atar unos cordones.

.- SENS

     










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Comentarios (5)


Hola Sens!
Me acuerdo de este texto, sin duda es uno de mis preferidos, recuerdo que lo puse en mi blog, disculpa que no te respondiera, me he hecho un nuevo blog, te dejo aquí el enlace:
http://nadaesimposibleperotodoesdificil.blogspot.com/
me encantaría volver a hacer una entrada sobre tus maravillosos textos, pero acabo de empezar y no tengo a nadie, no me gustaría desperdiciar tu gran trabajo , mas adelante si que aré una, si me dejas, por supuesto.
Muchos besos, Andrea.

Andrea Sanz

Me encanto! No hay nada que disfrute mas que un buen relato,,ya me puso de buen humor,,,gracias por compartirlos!

Marisela

Es un relato muy interesante, que invita a uno a no desfallecer en el camino y a cambiar los zapatos en momentos realmente necesarios.
Me invita a vivir en el presente, caminando con lo poco que tengo y dándole gracias a quien, en un momento u otro, dejó una huella (zapato) para que yo la siguiera (me los pusiera).

Leiron

Muchas gracias, excelente cuento!

Joshua Reyes

Advierto: mi comentario es a partir solo de mi experiencia.
En mis escritos, trato de depurar no solo la técnica, sino el autocontrol. Evito las palabras que son pretendidamente difíciles de escuchar en el común. En mis escritos, soy cada vez menos pretencioso con las palabras que rompen un buen ritmo. Esa es mi ruta. No la de todos. Pregunta si no a Jaime Sabines (+). Por lo demás, es un muy buen relato.

jorge


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