Un Corazón Helado


Un Corazón Helado



La última nevada del invierno había dejado un paisaje espléndido. Todo blanco, de un brillo cegador cuando un rayo de sol escapaba de entre las nubes y se reflejaba en el manto unicolor que cubría cuanto se veía alrededor.
Siempre le impresionó cómo la nieve lograba tapar y ocultar casi cualquier cosa. Podías acostarte un día, y al siguiente, despertar y observar un lugar que nada tenía que ver con el del día anterior.

Cogió su chaqueta y salió a dar una vuelta. Le gustaba pisar la nieve, le traía recuerdos.

Tras su lento caminar por varias calles y sin encontrar a nadie, llegó a un parque. En su centro, una fuente redonda por la que ahora no surgía una sola gota, tenía el agua congelada. A su alrededor, unos niños jugaban con la nieve fresca. Sus risas y gritos de entusiasmo le hicieron recordar tiempos pasados.
Uno de ellos se acercó a la fuente y se quedó absorto mirándola. El hielo parecía un espejo. Lo golpeó, pisoteó y le tiró una piedra, pero este permaneció intacto. Desanimado, el niño se dirigió hacia otra zona de la gran fuente, donde llegaban unos tímidos rayos de un sol apenas elevado en el cielo. Lanzó una pequeña bola de nieve, más por rabia de no haber conseguido lo que quería que por cualquier otro motivo, y un gran pedazo de hielo se quebró haciendo saltar innumerables gotas de agua que salpicaron a quienes estaban alrededor, provocando una gran carcajada entre los que allí se encontraban.
Sin querer, sin confianza, aquel niño había logrado su propósito.


Dejó la escena atrás, y siguió su paseo.
Al igual que el hielo podía romperse, como acababa de observar, también lo había hecho su corazón, tiempo atrás. Ahora, seguía ahí, pero tan frío como el mismo hielo, y a la vez tan frágil, tan duro y difícil de quebrar en ocasiones, aunque nunca imposible. Un poco de calor bastaba para deshacer cualquier cosa helada, por muy fuerte o grande que esta fuese. Un poco de calor era lo que él necesitaba para liberar un corazón demasiado tiempo aislado de toda fuente de cariño.

Al llegar a su altura, bajó la mirada, como siempre hacía al pasar por delante de aquella casa, no por miedo a quien allí vivía, sino por miedo a recordar a quien ya no lo hacía. De repente, alguien le agarró por el brazo. Giró la cabeza, y tras la inicial ceguera producida por un sol ya dominante en el cielo, empezó a distinguir. No podía creerlo. Había pasado tanto tiempo que ya apenas recordaba aquella sonrisa. Sus orejas, antes heladas, enrojecieron al instante.

.- SENS

     










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Comentarios (1)


Muchas veces las almas más heladas, son las más cálidas en cuanto les da el sol... Un abrazo!

...solo una mujer


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