Tiempo


Tiempo



El pulso ya no era el mismo. Tampoco la vista, cansada de tantos años de trabajo a la luz de una tenue bombilla. El último cliente acaba de salir. Bueno... más que cliente, era conocido, incluso amigo, como casi todos los que visitaban la pequeña relojería del pueblo.
Levantó apenas la mirada, dirigiéndola a cualquiera de las decenas de relojes colgados en las paredes, ajustados con precisión a la misma hora, como si sus agujas se moviesen al ritmo de un mismo mecanismo. Las diez de la noche ya... "No existen horarios para los amigos", se dijo con una media sonrisa.

A menudo, tenía la sensación de que el tiempo pasaba más rápido al estar rodeado de tantos relojes.
Quizá por esta razón, su habitación quedaba libre de ellos. Aquellas cuatro paredes no soportaban máquinas que intentasen controlar el tiempo, o marcar su paso, su ritmo, implacable. Esa estancia era para soñar, dormido, despierto, pero sin límite alguno.

Entró en ella, agotado por un largo día de minucioso trabajo. Tras la ventana se escuchaba el llanto de un viento helado que, por suerte, pasaba de largo, como con prisa, perdiéndose en la noche oscura.
Afortunadamente, la casa estaba caldeada por la hoguera que casi siempre mantenía encendida en la chimenea, aunque hoy, puede que por el ajetreo del día, se había apagado.

Se sentó frente a la mesa que, junto a otros muebles, llenaba su habitación.
Sobre ella, entre muchas otras cosas, en una esquina, se encontraba siempre un reloj de arena. Fue su primer reloj, y el que más apreciaba de cuantos había tenido entre sus manos. Muchos, por cierto. Pero éste, para él, era valioso.

Tenía por costumbre, en los largos ratos que pasaba sentado en ese rincón, guiarse por el tiempo que marcaba el reloj de arena. Girarlo cada vez que el último grano acababa de caer. Repetirlo, una y otra vez.
Nunca había calculado el tiempo que tardaba en pasar toda la arena de uno a otro receptáculo. Tampoco le importaba en demasía. Los momentos que pasaba allí le eran agradables.

De algún modo, mirarlo fijamente era hipnótico, a la par que relajante, y a menudo quedaba absorto en sus pensamientos.
"Quién inventaría un instrumento para intentar medir algo tan intangible como es el tiempo. ¿Acaso existe la capacidad de cuantificar la felicidad, el odio, el amor?"
Él creía que no... y, como con estos, querer encasillar todo cuanto sucede en la vida en algo tan fugaz como el tiempo le parecía una estupidez. Un momento es algo que se siente, que se vive, más que algo que ocurre entre un inicio y un final.

Sin esperar a que terminase la caída del fino hilo de arena, cogió el reloj y, en vez de darle la vuelta, lo dejó en horizontal sobre la mesa. El movimiento cesó, quedando ambos lados en calma, como si se hubiese detenido el tiempo. Miró fijamente sus formas, lados redondeados que se estrechaban hasta una fina unión entre ambos, recordándole el símbolo atribuido al infinito.
Muchos eran, pensó, los que suspiraban por poder detener el tiempo, o por que éste fuese infinito. Para él, conseguir dicho logro no tenía mayor importancia que el hecho de tumbar un reloj de arena.


El viento, caprichoso, quiso como recordarle que seguía por allí, y golpeó con fuerza, un par de veces, los cristales que daban a la calle. Esto le hizo levantarse, y fue a cerrar la contraventana. Fuera, una quejumbrosa noche de perros se cernía todo alrededor.

Sonaron las tres de la madrugada en los relojes más allá del pasillo, casi al unísono.
Apenas consciente del tiempo pasado frente a la mesa, se tumbó en la cama, cansado de un día demasiado largo.
Recorría con la vista su acogedora habitación por última vez antes de cerrar los ojos para dejarse llevar, cuando algo le llamó la atención.

El reloj de arena yacía en una esquina de la mesa, en pié, lleno en su parte superior.

No recordaba haberlo dejado allí.

.- SENS

     










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