Por Un Pedazo


Por Un Pedazo



El olor penetraba intensamente hasta lo más profundo de la madriguera, formada por numerosos túneles excavados mucho tiempo atrás, que recorrían la casa por completo. Aquí y allá, en cada habitación, pequeños agujeros los comunicaban con el interior, casi siempre abiertos tras algún armario o viejo baúl, o en algún apartado y oculto rincón, para pasar desapercibidos.

La paz y el sosiego de aquellas amplias estancias, vacías durante años, se había truncado.
Últimamente se escuchaban ruidos al otro lado de las paredes. Además, la penumbra que creaban unos ventanales siempre cerrados había dado paso a una claridad brillante durante el día, y a artificiales luces cegadoras gran parte de la noche. Al parecer, después de varias generaciones, la casa estaba de nuevo habitada.

Mucho se rumoreaba sobre ellos, pero pocos eran los que alguna vez habían visto a los nuevos inquilinos.
Pues los más viejos moradores de la casa, conocedores de sus secretos, aconsejaban al resto, que solían aprovechar la oscuridad y la calma de la noche para ir en busca de comida.
No obstante, quienes se habían topado con ellos en alguna ocasión, no muy grata por cierto, contaban historias, y advertían muy seriamente de los peligros que podían depararles a los que, insensatos, se aventurasen a salir de las galerías sin las debidas precauciones.


Aún así, desde que el penetrante olor llegara por primera vez al lugar en el que descansaba, cada noche nuestro pequeño amigo salía de su acogedor agujero y encontraba frente a él, en el suelo de una pequeña habitación, como dejado allí por un olvido o descuido, un suculento trozo de queso, que cogía sin más y saboreaba tranquilamente en la seguridad de su guarida.
Y no tenía razón alguna por la que pensar que hoy iba a ser distinto.

La lucha entre el deseo y la prudencia se libró solamente las primeras veces, y ahora avanzaba veloz, ansioso por alcanzar de nuevo su manjar. Cuando llegó a la abertura, se detuvo antes de dejarla atrás. La porción de queso estaba allí, como siempre, sobre una tabla. Pero en frente, al otro lado de la estancia, algo avanzaba presuroso, dispuesto a robárselo.

La rabia le tensó los músculos y, sin perder un instante, salió corriendo.
Ambos llegaron prácticamente a la vez...


La noche siguiente, nadie fue a recoger el queso.

.- SENS

     










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  8,50  
 



Comentarios (2)


Si es verdad, justo lo que ha dicho esta mujer.yo me he sentido asi una vez....y es la cosa más desagradable, angustiosa que he pasado en mi vida....


Pobre diablo... se dejó engañar, cayó en la trampa... al principio, cuando había desconfianza, el queso era fácil de alcanzar y eso hizo que perdiera de vista su precaución... Así funcionamos muchas veces en la vida: nos confiamos al no encontrar obstáculos, perdemos de vista la observación y el análisis y al final, caemos como ratones en ratonera. Un abrazo!

...solo una mujer


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