Grandiosas Insignificancias. Insignificantes Grandezas
A veces me siento solo. A quién no le ha pasado alguna vez. Incluso estando rodeado de gente, o amigos, a menudo escapo con mi mente a lugares solitarios en los que nadie puede encontrarme. Y allí, distante de la realidad, comparto con ella reflexiones, emociones... sentimientos y sensaciones, que puede nunca muestre a nadie, que puede nadie nunca quiera conocer.
Tampoco se pierden gran cosa.
De un tiempo al momento presente sucede que, cuando estoy solo, en una soledad sin gente alrededor, recuerdo algunas de esas conversaciones. En ellas, pequeñas enseñanzas ocultas en breves relatos salen a la luz sin más que cerrar por un instante los ojos.
Esta es una de esas historias que, en una de tales ocasiones, me contó mi mente, quizá cansada ya de mis pensamientos, o pesadumbres, pero que a pesar de ellas nunca, o mejor dicho, todavía no me ha abandonado. También es cierto que, a buen seguro, si pudiese lo haría.
Prefiero no pensar en ello.
La historia, breve, pero no por ello carente de razón o interés, comenzaba así...
En tiempos de ricos y pobres, de reyes y esclavos, la vida, incluso la de los más notables, apenas tenía valor.
Guerreros se enzarzaban en sangrientas batallas; reyes y nobles morían envenenados por envidias y traiciones; inquisidores torturaban y asesinaban en nombre de su dios; gentes apenas consideradas personas y cuya existencia daba, simplemente, igual fallecían de hambre, frío o pena en cualquier olvidado rincón.
Tal era el valor de la vida, que quien mataba no sentía culpa alguna. Incluso en ocasiones se convertía en héroe, admirado y agasajado por el pueblo.
Distinto era para quien moría, pues el hecho de morir es igual a todos, por muy diferente que sea la muerte. Tan sólo, dejar de vivir, dejar de sentir, dejar de ser.
Nada más.
Tal era el valor de la vida. Aunque, cierto es, no para todos.
En un pequeño pueblo casi perdido, se contó durante mucho tiempo el relato de un rey que, durante una cacería, se perdió en la profundidad de un bosque.
Oscurecía ya cuando, tras buscar caminos o sendas que seguir, topó con una cabaña situada junto a un pequeño claro al lado de un río.
Creyendo aquellos lugares sus tierras, y sabiéndose monarca, vociferó mientras golpeaba fuertemente la puerta:
- ¡Abrid al rey! He perdido mi séquito y cuanto necesito para satisfacer a mi persona. Dejadme pasar aquí la noche, y seréis recompensados o castigados en función de vuestros actos y servicios. Mañana marcharé, pues mi reino me necesita. Ahora, ¡abrid!.
Casi de inmediato, se escucharon unos pasos acercándose a la puerta, y una voz que, susurrante, pronunció estas palabras:
- No te creas tan importante, o imprescindible. El sol salía antes de estar tú en este mundo. Y, tenlo por seguro, seguirá haciéndolo cuando no seas ya ni un lejano recuerdo en las mentes de los contadores de historias. No pienses que tus problemas son tan grandes y graves, o tus virtudes y ofrecimientos tan valiosos. Tampoco tus amenazas tan temibles. Alza la vista, y mira el cielo. ¿Ves su fin? Pues para el infinito tu persona o cuanto te suceda en vida es poco menos que nada.
Estupefacto, el rey observó el estrellado cielo.
Pasados unos segundos, mientras las palabras todavía sonaban en el eco de la lejanía, la puerta se abrió, y una lumbre acogedora lo invitó a entrar.
Se dice que el rey pasó la noche en la casa, y durante horas y horas estuvo hablando con el viejo ermitaño que allí vivía.
A la mañana siguiente, marchó, y logró regresar a su reino.
Los contadores de historias no conocen un final concreto para este relato. Pero saben que cuando un pobre o un vagabundo llamaba a alguna de las puertas del reino, se escuchaban estas palabras:
- No te creas tan insignificante, o ignorante. Formas parte de la vida de muchas otras personas. Y, tenlo por seguro, te recordarán cuando ya no estés. No pienses que tus problemas no tienen solución alguna, o que careces de virtudes y cosas que ofrecer. Tu persona siempre será tuya, y con ella, su compañía. Alza la vista, y mira el cielo. ¿Ves su fin? Pues para el infinito tú no eres más, ni menos, que nadie.
Y tras estas palabras, siempre se abría la puerta, un plato caliente era servido y un lecho cedido.
Cuentan algunos que en el reino dejaron de haber muertes sin razón, y pobres, y ricos, sin corazón. Y la vida se valoró un poco más. O un mucho. Porque si algo hay seguro en ella es que, más bien temprano, terminará.
Y esta es la historia que, creo recordar, me contó mi mente.
Existen grandezas insignificantes. De hecho, casi todas lo son. Pero no hay como insignificancias grandiosas para quienes, de verdad, saben valorar.
"Nunca te creas tan importante o ignorante como un rey, ni tan insignificante o imprescindible como un vagabundo...", terminó diciéndome mi mente.
Creo que todavía no la he entendido lo suficiente.
.- SENS

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Comentarios (7)
Muy buen relato, en ocaciones me he sentido con la necesidad de que alguien te habra los ojos, ante las tantas ocaciones que uno pierde cuando se siente inferior a los demas; tus letras y ese pensamiento me han hecho sentir bien, gracias por el mensaje.
ruben |
Es una fantástica historia que me recuerda cuando mi mente está llena de ideas, que me hacen doler la cabeza. Es como que me siento sobre cargado y estresado, como me siento ahora mismo, que estoy a punto de dormir.
Leiron |
Ya digo yo que tienes una mente prodigiosa.. por su humildad, por su sabiduría. Qué historia tan fantástica te cuenta... y tú, tan solo la dejas escapar por tus dedos para compartirla con nosotr@s.
La intención de la parábola es darnos a todos el mismo valor, la misma categoría para encontrar nuestro lugar en la vida. La historia no refleja cómo se hace eso.. por que lo que se siente, es lo que se es: te sientes rey, eres rey; te sientes mendigo, eres mendigo. No se pueden cambiar así sin más: hay que sentirlo.
Gracias, como siempre por la reflexión.
Un abrazo
...solo una mujer |
Hola, que historia tan extraordinaria, su contenido
tiene mucha sabiduría y tan sencilla de enteder, ojalá que muchas personas ricas y pobres, insignificantes
o valiosas, poderosas la aplicaran en sus vidas para que sepan que todos somos iguales ante la vida,
nadie somos impresindibles e importantes y tampoco insignificantes. Saludos. Verdad que preciosa historia.
Rosario M. M. |
No lo sé, pero tus palabras no son suficiente para mí, pues mira yo estoy haciendo una historia igual, yo soy una persona que, a pesar de su alegría, oculta su tristeza bajo su máscara, no me gusta detenerme un rato a pensar porque en ese instante, sé que no será para valorarlo... pero tampoco para no valorarlo, no tengo miedo para enfrentar ese pensamiento, por eso procuro, aunque no lo noten, estar cerca de una persona, y ocupar mi mente, de esos pensamientos de tristeza que me rodean, mas cuando sucede los acepto y no pongo los peros, después reflexiono y al último sé que por bien o mal, por algo lo pensé, y sé que las historias que me perturban en esos momentos, son reflexiones de sabiduría para alcanzar un nivel de serenidad y sabiduría para el que escuche y lea mis relatos.
Gracias, por escribir y apoyar a aquellas personas con un ploblema o pensamiento equivocado, que traen en sí.
Ah! Y se me olvidaba, perdona las faltas de ortografía, no fue mi intención, te doy una sonrisa de alegría, y un aplauso de sabiduría, que tu osas de traer y escribir con sabiduría.
Aquí me despido y gracias a ti...
Ahtziry Nayely Martinez Alvarez |
¿Sabes lo que se dice en Oaxaca de la muerte? Que se encuentra a la distancia de nuestro brazo derecho... extiéndelo y ahí está, esperando. Poco antes de morir, te lo hace saber, de maneras sutiles o evidentes, pero se encarga de hacértelo saber.
Tengo una sensación extraña cuando leo lo que escribes; ya lo he pensado, ya lo he escrito -aunque sea en mi mente- y cuando lo leo en tus palabras, siento un deja vú.
Jorge Díaz |
Bonita historia, hoy estoy sensible porque realmente me siento inútil y insignificante. Tus palabras me han reconfortado cálidamente.
Ana |



