Sin Rumbo





La neblina que se levanta en los embarcaderos señala lo temprano de la hora. El frío, ya de por sí acuciante en estas épocas, se cuela por el más mínimo resquicio gracias a la humedad del ambiente, pesada, impregnándolo todo.

El trasiego de pequeñas barcazas y botes es incesante, cargando y descargando, transportando entre los grandes navíos todo tipo de productos, bienes, enseres y gentes.

Amarradas a los muelles unas, fondeadas en las tranquilas aguas otras, multitud de carabelas, galeras y galeones descansan apaciblemente. Con sus velas recogidas y el suave mecer de las olas, parecen bailar una melodía marinera al son de la brisa de la mañana.

La simple visión del puerto, con su ajetreado quehacer, maravilla. Pero si algo fascina al joven muchacho que, sentado en un madero, observa cada día la escena, es la infinidad de cabos, sogas, cuerdas y nudos que enlazan los mástiles, despliegan o arrían el velamen, ayudan al vigía a subir a lo más alto del palo mayor o sujetan la arboladura de la embarcación, y como todas ellas tienen un sentido y utilidad, formando un complicado a la par que imprescindible entramado, único en cada nave.

Las luces todavía encendidas en las cubiertas y camarotes titilan temblorosas, alumbrando ahora ayudadas por la incipiente claridad. Basta imaginar su tenue resplandor azotadas por el viento en la cerrada oscuridad de mar abierto para apreciar lo cálido de su centelleo, la compañía de una luz en medio de la soledad de la noche en el gran océano.

La mirada del niño se posa en uno de los barcos que, presto para zarpar, avanza lentamente al ritmo pausado e incesante que imponen los remos desplegados en sus costados. Subida en él, a modo de polizón, la imaginación del muchacho parte en busca de aventuras, tesoros, cañonazos en mil y una batallas, abordajes y temidos piratas, naufragios e islas perdidas.

Jamás ha subido a uno de esos grandes navíos. Huérfano, se afana cada mañana en rebuscar entre los desechos y despojos traídos por esos monstruos allende el horizonte, intentando encontrar algo con lo que sobrevivir.
Su admiración por ellos es igual a su odio, como la atracción que provoca lo inalcanzable.

En un gran coloso partió su padre, para jamás volver.
De los muelles se lanzó su madre, en su delirante búsqueda tras su desesperante espera, para perecer.
Ese día se hizo la noche, más temprano.



El sol despunta en un apacible amanecer.
Aun así, se avecinan tempestades. Eso dicen los viejos. Lo notan en el ambiente, en la inquietud creciente de quienes van a librar la próxima batalla contra el mar. Tan amado como para entregar su vida, tan temido como el miedo a perderla.

Una fuerte patada en el costado le invita a marcharse, un lárgate muchacho le da los buenos días.
Sin despedidas, leva anclas, confiado en que los vientos de su intuición le lleven a buen puerto, mientras errante, virando sin rumbo, zozobra a la deriva arrastrado por la resaca de una vida varada en la amargura.

.- SENS

     

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