Cartas Perdidas
Hacía tiempo que no abría aquel cajón.
Colocado en un pequeño estante de la habitación, que hacía las veces de trastero, las viejas maderas carcomidas y roídas por el paso del tiempo y del olvido guardaban en su interior algunos tesoros de la infancia, junto a recuerdos atados a ellos, y papeles escritos en épocas lejanas que jamás volverían.
Cogió con sumo cuidado cuanto había guardado en él, y se sentó en una silla ante la mesa que antaño fue lugar de trabajo de sus abuelos, ahora polvorienta y arrinconada en una esquina.
Colocó, alineados, los distintos objetos ante sí, y posó sobre la mesa los papeles, formando un pequeño montón de hojas repletas de escritos.
Cuando las imágenes que todo aquello le traía se aposentaron en su mente y su añoranza se calmó, empezó a leer los textos. Y a sentir. Y a recordar el inicio de la siguiente frase tras el final de la anterior. Y a conocer el significado de cada palabra contenida en ellas. Pues suyas fueron, y suyas eran.
Y suyas serán, por mucho que él cambie, por mucho que el tiempo pase.
Esas eran sus cartas perdidas.
Cartas enviadas, cartas devueltas... cartas nunca recibidas.
Cartas leídas, cartas rechazadas.
Cartas ignoradas.
Cartas sin destino, cartas sin sentido.
Pero todas ellas, por alguna razón, escritas. Siempre por alguna razón... por alguien, para alguien.
¿Has escrito alguna vez una carta? ¿Intentado transmitir en ella aquello que no sabes expresar con tu propia voz?
Resulta, en muchas ocasiones, difícil. Incluso frustrante.
Pero, a menudo, es todavía más difícil que una carta, una vez terminada, llegue a su destino, aún entregándola en mano.
Sobretodo, si ese destino no es una ciudad, un pueblo, una calle, una puerta, un número... sino un corazón.
Con el tiempo he aprendido que los corazones no tienen una dirección a la que enviar esas cartas, ni un buzón en el que recibirlas. Tampoco puedes echarlas por debajo de la puerta, pues este tipo de puertas cuando están cerradas jamás dejan un resquicio por el que permitir entrar, siquiera, un sentimiento. Mucho menos todos aquellos que están guardados en sobres sellados.
Son muchas las cartas que se extravían.
Terminó, pasada la tarde, con la última frase y la última despedida de la última carta, escrita en aquel entonces con un atisbo de ilusión.
Cogió el montón de papeles y bajó a la parte trasera de la casa, donde una hoguera preparada para la cena ardía alegremente. El cielo estaba nublado, de un gris típico de un atardecer otoñal.
Una a una, fue doblando las hojas y convirtiéndolas en aviones de papel, como le habían enseñado de pequeño, como no hacía desde mucho tiempo atrás. Cuando terminó, comenzó a lanzarlos contra la hoguera, uno a uno.
La mayoría caían de pleno en ella e inmediatamente ardían, convirtiendo en cenizas algo más que palabras.
Algunos cruzaban sobre el fuego y seguían su vuelo, ignorantes de que una parte de ellos se había prendido, e iba consumiéndose poco a poco, perdiendo letra a letra todo el sentido que, un día, pudieron tener. Al poco, descendían hasta el suelo, quemándose por completo.
Ninguno quedaba corto.
Y así, una a una, fueron desapareciendo todas las cartas, las palabras que nunca supo pronunciar, las frases que nunca pudo decir, aquello que tan sólo logró escribir.
Quedó, al final de lo que fue el montón de papeles, una hoja en blanco, amarillenta por el tiempo pasado en el viejo cajón. Sobre una mesilla, un lápiz. Y en el aire, olor a humo.
"He aquí un remitente sin destino, he aquí un escritor sin sentido, de cartas perdidas...", empezó a relatar.
.- SENS



