Laberinto
Es difícil elegir un camino. A menudo lo hacemos sin darnos cuenta. Otras, simplemente, nos dejamos llevar.
Si el bosque había sido ya una dura prueba, con su maraña de arbustos y su sombría atmósfera, sumándolo todo en una oscuridad casi perpetua, el lugar al que le había llevado la inexistente senda inventada tras cada uno de sus pasos no hizo más que demostrarle, una vez más, la tan consabida afirmación: nunca creas que estás en el mejor o el peor de los lugares, pues todo es bueno o malo según con qué lo compares.
Ante sí se abría una gran explanada, cubierta por una alfombra de hierba. A los lados, escarpadas laderas de altas montañas la limitaban, haciendo necesario atravesarla para seguir adelante. La llanura, antaño tal, había sido ingeniosamente transformada en un entramado de pasillos y recodos, sin más de un par de metros de anchura, y sólidos muros con la altura de tres hombres limitándolos, mostrando a quien en él se adentrara tan sólo el cielo, a esas horas estrellado, y sus pasos, andados y por andar.
En lo alto, multitud de enredaderas cubrían casi por completo la estructura, demostrando lo antiguo del lugar, y sirviendo para camuflar, visto desde la distancia, algo más que viejos muros.
Pues lo que se mostraba no eran las ruinas de un antiguo emplazamiento, descubierto por casualidad. Era algo todavía más sorprendente, un gran laberinto, rodeado por bosques y montañas, extendiéndose en la vastedad de un llano, cuyo final no alcanzaba a vislumbrar. Y a corta distancia, apenas a unos pasos de los lindes de la foresta, más que la entrada al recinto, eran múltiples las posibilidades a escoger para iniciar aquella desconocida y temida siguiente etapa de su camino.
Respiró hondo, se sentó y descansó su cuerpo en el mullido suelo.
Cada dificultad es un reto, recordó. Bien lo sabía.
Más allá del lejano final del uniforme techo de hojas, o tal vez en su misma salida, se produjo un destello que le hizo cerrar los ojos, cegándolo por momentos. En su retina quedó la imagen del paisaje, grabada con detalle.
Uniendo a ella sus miedos, se vio a sí mismo avanzando a paso lento hacia cada uno de los pasillos milimétricamente alineados, con una antorcha en lo alto, sumergiéndose en la incertidumbre. Y sintió, en cada uno de ellos, el miedo.
Puede, por qué no, que todos los posibles caminos que encuentras en un momento de tu vida lleven a un buen final, que todos lleguen al mismo punto. Si así no fuere, la única forma de encontrar la salida a un laberinto es saber en cada momento dónde estás tú. Cosa difícil, cierto, pero en ocasiones la dificultad agudiza el ingenio, la astucia o el valor. Incluso la confianza, a menudo maltratada a conciencia.
Tras estos y otros pensamientos se vio, de nuevo, sumergido entre muros y recodos, desorientado, mirando todo alrededor, fijándose en cada detalle. Algo en un momento dado le llamó la atención: una pequeña piedra cayó de una pared y rodó hasta sus pies. Al fin supo dónde se encontraba.
Perdido.
Tal sensación le hizo despertar, y abrir de nuevo los ojos. Los muros seguían ahí, enfrente, al igual que el miedo, y la pesadumbre. Se puso en pie, y avanzó, con calma. Eligió la entrada que tenía enfrente. Al fin y al cabo, por alguna razón había llegado hasta ella, aunque fuese la casualidad. Respiró hondo, llenando sus pulmones de fragancias nocturnas, y en el suspiro que le siguió expulsó más que aire.
No pensó en el desenlace de esa pequeña aventura dentro de la gran aventura que es la vida. Si lo hubiera hecho, jamás hubiese salido del pequeño pueblo donde nació, o del vientre de su madre. Algunos lo hacen, piensan demasiado en las consecuencias de sus actos y decisiones o temen demasiado a un final incierto o desconocido. Pero los que llevamos tiempo andando, perdidos a veces por mundos imaginarios, sabemos que lo importante de un camino no es su terminar. Para nosotros, caminantes, lo importante de un camino es dar el primer paso, valorarlo como tal, y disfrutar, aunque sea acompañados por las huellas que vamos dejando, de cada trecho recorrido.
Por suerte, no sólo las pisadas dejan huella, y no sólo las huellas quedan en el suelo.
.- SENS



