Cuentos





No es este un cuento de hadas y duendes, de castillos y princesas, de perdices y finales felices. Es, al igual que tantas otras, una historia de vivencias, a veces bonitas, a veces crueles. Siempre reales.


El aliento del dragón quemaba ya a sus espaldas. Las manos, sudorosas, seguían unidas. Era la primera vez que cogía de la mano a aquella muchacha, a pesar de que la conocía de tiempo atrás. Nunca se había atrevido, nunca encontró el momento oportuno, hasta llegar a esa situación de precipitada huida. A veces hace falta un gran motivo para atreverse a realizar un pequeño gesto, pensó.

Quedaban unos pocos metros para llegar hasta la diminuta puerta entreabierta, apenas un agujero en la roca, por la que había entrado. Fuera, su amigo, visible ya, tendía el brazo a modo de ayuda.
La brisa les dio la bienvenida, llenando sus pulmones de aire fresco, vaciándolos del asfixiante y caluroso hedor instalado en la guarida del legendario reptil.
Unos pasos más ascendiendo la empinada cuesta... y al fin la salida estuvo a su alcance. Desde el otro lado, el hombre les gritó unas palabras ininteligibles, y rápidamente aferró el brazo de la muchacha. El brusco tirón que la sacudió hizo que soltara por vez primera la mano que la había rescatado, y saliese a trompicones por la estrecha abertura en la roca. Al instante, apenas su aura hubo dejado atrás la caverna, la puerta, por algún motivo, se cerró.

Dentro, todo se tornó oscuridad. Quedó a solas, encerrado. A lo lejos podía distinguirse el leve resplandor de los ojos enrojecidos de la bestia, furiosa por la pérdida de una doncella. No escuchó sonido alguno que le indicase que estuvieran intentando sacarle de allí, abriendo de nuevo la única salida secreta conocida. Quiso creer que la desesperación del momento lo dejó sordo.

Si tenía la oportunidad, no volvería a creer de nuevo en las predicciones de las hadas. Se habían equivocado. Había fracasado.
Aunque, a decir verdad, también es cierto que ninguna de ellas dijo que él iba a salvarse. Pues la pregunta que les hizo fue: "¿Seré capaz de rescatarla, y me amará como yo la amo a ella?". La respuesta, clara y breve: "Sí, la liberarás de las zarpas del dragón, y ella te amará el resto de tus días...". Puede que, incluso, fuese así. Malditas preguntas imprecisas.

Tras varios intentos desesperados por escapar dejándose las uñas en la sólida pared, se agazapó contra la puerta bloqueada, ahora invisible, y cerró los ojos. Luchar, en esta ocasión, bien lo sabía, de nada servía. Notó el intenso calor, cada vez más fuerte, quemando algo más que su piel. Un frío mayor se abrió paso en su interior. Y nada más. Jamás volvió a sentir.


Ciertamente, somos muchos los que nos empeñamos en que nuestra vida sea como un cuento, como un cuento de hadas, irreal y llena de fantasía, sin darnos cuenta de que un cuento nunca puede ser algo tan triste.
Los hay bonitos, de miedo, cortos y largos, viejos y más viejos todavía, con magia e ilusión... pero no tristes.
Los cuentos no son tristes. Tienen siempre un final feliz, un logro conseguido, por muchas penas que haya sufrido su protagonista.
Los cuentos son, a menudo, una razón para evadirse de la realidad, una enseñanza para intentar que algunos malos momentos de nuestra vida cambien y terminen felizmente. Quizá, como alguno de esos cuentos desde antaño contados, escritos... o, por qué no, vividos.

.- SENS

     

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