De Relatos Que Contar
* Este relato contiene en su texto, ordenados, los títulos de los 50 relatos anteriores.
Cerró la puerta. No podía soportar un segundo más aquella mirada. La última hoja caía en los árboles de la calle, como siguiendo el natural devenir de un relato ambientado en el otoño. El espejo seguía ahí, enfrente, haciendo de puente entre él, y sí mismo, mostrándole tal y como era. Subió apresuradamente los peldaños que conducían a su habitación, buscando refugio a una tormenta que hacía renacer colmados sentimientos apenas encauzados, como un río a punto de desbordarse.
Su felicidad era casi siempre aparente, al igual que lo que intentaba transmitir al exterior, un corazón helado, que no era tal. Más bien todo lo contrario. Inevitable realizar comparaciones entre su vida, y el resto de vidas. Algunas deseadas, otras envidiadas. Tomar una como ideal era una elección difícil. Quizá por ello, siempre se quedaba con la misma, su vida, aún sintiendo un desprecio, tal vez irracional, hacia ella.
Demasiadas eran las veces en las que aún sin comprender, entendía. Casi tantas como las que no lo hacía. A menudo lo absurdo de un hecho es su explicación más lógica.
Se tumbó en la cama, y cerró los ojos, llorosos. Apenas recordaba el último abrazo recibido, demasiado tiempo atrás. Fue, supone, para desearle suerte en algún suceso de relativa importancia. No eran esos los abrazos que ansiaba. Los otros se perdieron, quizá, en ese rincón del olvido que todos tenemos, del que escapan momentos que deberían permanecer en él por siempre, y donde acaban vivencias que no deberían hacerlo.
Viajó con su imaginación, todavía infatigable compañera. Suele ser de provecho escapar junto a ella de la realidad para quienes no se sienten bien en esta. En ocasiones, va en busca de la confianza, preciada y preciosa amiga perdida no sabe muy bien cuándo, no sabe muy bien dónde, ignora por qué.
Son escasas las veces en las que la encuentra, pero cuando lo hace el instante se convierte en algo tan bello y especial como la magia que desprende una pequeña gota de rocío al reflejar los rayos de un sol naciente en un bonito día.
Imaginar ese momento le maravilló, y tras secar las pequeñas gotas de rocío nacidas junto a sus ojos, los abrió. Había oscurecido. Por la ventana se colaba un viento frío, pero no la cerró. Más allá del horizonte, una esfera grande y rojiza que se alzaba lentamente en el cielo lo dejó hipnotizado, como si simplemente verla fuese ya una terapia. Solía preguntarse el por qué de tal hecho. La respuesta, tan fácil y simple como cierta era que, a pesar de las oscuras historias contadas sobre ella, la luna ha sido, y es, su única y puede mejor compañía en tantas y tantas noches de soledad.
Sucede que, de vez en cuando, sentía la necesidad de plasmar sensaciones en forma de expresiones, de historias, de palabras con las que transmitir algo, por ínfimo o irrelevante que fuese para quienes no eran él mismo.
Lo cierto es que empezar a escribir fue un punto de inflexión en su vida, como un solsticio que marca el fin e inicio de dos períodos.
Una montaña de sentimientos fue desmoronándose poco a poco, convirtiéndose en infinidad de letras plasmadas en papel; un fuego crepitante se fue apagando, lentamente, pasando del frío de la noche que intentaba apaciguar a la tímida calidez de los primeros rayos de sol en un amanecer cualquiera.
Con el tiempo, hileras de penas que hacían cola para entrar en su corazón quedaban atrapadas entre títulos, imágenes y puntos finales. Las noches en vela, antaño llenas de sufrimiento, servían para viajar a lugares de fantasía, donde el viento transporta lamentos perdidos y se los lleva, lejos, mar adentro, allá donde no saben volver.
Él sí volvió, a la realidad. La luz de luna alumbraba la pequeña balanza posada sobre la mesa. No era esta una balanza cualquiera. La utilizaba para sopesar el tiempo. El tiempo perdido, el tiempo pasado, el tiempo vivido. Para ello, colocaba en uno de los platos unas piedras robadas de las profundidades de una mina excavada a conciencia, para llegar lo más hondo posible, y sacar de allí preciados tesoros.
En el otro, iba aprendiendo a apilar segundos, minutos, horas... puede que días, semanas... incluso meses, o años, con los que equilibrar ese injusto símbolo de justicia. Pues casi siempre pesaba más el tiempo perdido, con sus heridas abiertas, que cualquier valiosa posesión carente de sentimientos.
Sonaron las doce de la noche en el reloj al otro lado de la pared. Le gustaba esa hora. De pequeño, su abuela le contaba que, a medianoche, era cuando los duendes salían de sus escondrijos, y se colaban en las casas. Decía que cada uno de esos seres era nacido de un alma de niño que se había perdido en el camino al mundo de los sueños, y por ello su fama de juguetones, saltarines y risueños. Añoraba sus cuentos.
Con estos y otros muchos recuerdos, encendió la lámpara, se sentó frente a un pedazo de papel, cogió algo con lo que escribir, y se dejó llevar, sin necesidad de nada más. Letra a letra, palabra a palabra, fueron surgiendo las frases con las que formar una nueva historia. Y esta, por qué no, de un mundo imaginario, de espadas con las que luchar, de muros que derribar.
Y, tras ella, tantas otras, de sensaciones, de ilusiones, de ensueños que escribir, de escritos que leer, de relatos que contar.
.- SENS



