Heridas
Su mirada sólo se dirigía hacia delante, buscando caminos por los que seguir huyendo. La herida en el costado izquierdo le quemaba, produciéndole el agudo dolor de un pinchazo en cada zancada. La respiración, jadeante, buscaba aire en el asfixiante ambiente. El sudor empapaba sus ropas, sintiéndolas más pesadas. Los músculos, tensos, comenzaban a resentirse de la larga carrera. El corazón, palpitante, latía a un ritmo descontrolado, bombeando sangre que manaba por cada rasguño.
Intentar escapar era el único objetivo. La libertad, la única meta.
El bosque, oscurecido por una espesa niebla, le servía de laberinto en el que perderse, y perder a sus perseguidores. Aún así, seguían demasiado cerca.
Podía sentir su presencia, notarlos acechándole, recordar odiosas vivencias por las que se negaba a volver a pasar. Parecía como si aquellos que le buscaban fuesen capaces de rastrear el dolor.
Paró un instante, ocultándose tras un montículo rodeado de arbustos, y observando a sus espaldas. La enmarañada vegetación que crecía entre los grandes árboles hacía lento el avance, y a menudo le provocaba pequeños cortes en las piernas, casi inapreciables si no fuese por la abundante cantidad de sangre que salía por ellos. Los caminos o senderos hacía tiempo que habían desaparecido de alrededor. Pero debía seguir; adelante. Y para ello, para encontrar las fuerzas necesarias, simplemente, dejó de mirar atrás. E inmediatamente inició de nuevo la huida.
Lamentablemente, no recorrió un gran trecho. Al poco sus pies le fallaron, haciéndole tropezar con unas raíces y caer a plomo. Parecía como si alguien hubiese colocado adrede la piedra con la que se golpeó la cabeza al llegar al suelo. El oscurecido bosque se tornó oscuridad plena, y el dolor dio paso a la calma.
Abrir los ojos y encontrarse en un lugar desconocido es una sensación que todos hemos vivido. Despertó en la cama de una cabaña, vieja pero aparentemente acogedora. Atardecía tras los cristales de la ventana, por los que podían verse otras casas y edificaciones, que se dijo formaban parte de algún pequeño pueblo.
Se incorporó e hizo intención de ponerse en pie. El pinchazo en el costado izquierdo fue inmediato, pero el resto de heridas que le recorrían medio cuerpo estaban cicatrizando, ayudadas por un ungüento aplicado a conciencia.
Cuando logró andar unos pasos se dirigió a la puerta de la habitación, por la que se colaba el resplandeciente centelleo de un fuego encendido.
Junto a éste, un hombre de barba canosa y pelo largo preparaba la cena.
- Vaya, por fin has despertado. Ven, siéntate junto al fuego. - Le dijo al verle aparecer.
Tambaleante, se dirigió hacia donde le había indicado y se dejó caer en un cómodo aposento.
- Todavía no tienes buena cara. - Le informó el viejo. - Aunque, a decir verdad, pareces bien recuperado si tenemos en cuenta el aspecto que mostrabas cuando te encontramos.
- ¿Dónde me encontrasteis?¿Dónde estoy?¿Por qué me recogisteis y me habéis ayudado? - Tartamudeó, ansioso.
- Calma, calma... Te encontramos tirado en el bosque, bastante lejos de aquí. Tuviste suerte de que pasáramos por aquella zona. Te recogimos como bien pudimos y te trajimos al pueblo, donde te han tratado y curado las heridas y dolores. Llevas cuatro días descansando... ¿Por qué lo hicimos, preguntas? No debería existir razón alguna para ayudar a alguien, creemos aquí, pero si quieres una... te ayudamos porque necesitabas ayuda.
- Gracias... - fue todo cuanto pudo decir.
Pasaron un tiempo en silencio, mientras le venían a la mente imágenes de su huida.
- ¿Visteis a alguien más por los alrededores del lugar donde me encontrasteis?
- No, nadie había por allí. Casi nadie anda por aquellos lugares. Dicen que tan sólo se acercan los que quieren huir de algo, casi siempre recuerdos. Es como si esa zona del bosque permitiese a quienes la visitan escapar y ocultarse de recuerdos ingratos y malas vivencias. Aunque no todos lo consiguen.
Esas palabras resonaron en su cabeza como una verdad descubierta, dejándole pensativo.
Al rato, el hombre le acercó un cuenco con un poco de sopa que, seguro, le revitalizaría. Cuando movió el brazo para alcanzarlo, sintió de nuevo el pinchazo.
- ¿Cómo es que no se me ha curado esta herida? - Pudo preguntar entre quejidos, indicando la zona dolorida.
El viejo se incorporó y observó resignado su costado, a simple vista intacto y carente de cualquier rastro de mal.
- Amigo... - le dijo - ... es por todos bien sabido que hay heridas que no curan.
.- SENS



