Aprendiendo
A veces, recuerda el día en el que la conoció.
Eran tiempos de no muy buenos momentos. Típico. Es en las malas rachas cuando se busca con mayor necesidad un hombro en el que apoyarse, o alguien que, simplemente, escuche.
Fue en una tarde lluviosa.
Las nubes, pasajeras, cargaban miles de lágrimas carentes de dolor.
La encontró en la parada del autobús, sentada, esperando, observando cómo las gotas de una extinguida lluvia caían de los árboles. En un principio ni se dirigieron la palabra. Las miradas se encontraban, casuales, intercambiando caricias en cada roce. Cuando llegó el autobús, ambos subieron. Estaba vacío, pero ella se sentó a su lado. Y le sonrió.
Desde entonces, se convirtió en su mejor amiga. Sustento para los días malos, compañía para los buenos ratos.
Lo que más apreciaba en ella eran sus abrazos. Grandes y reconfortantes, también fuertes, que daba sin que le fuesen pedidos. "Los buenos amigos saben cuando uno de ellos necesita un abrazo", solía decir. Y estaba en lo cierto.
Poco después, fue él quien la abrazaba más a menudo. Puede que por devolverle parte de cuanto le había dado. Puede que por miedo a perderla. A quedar sin nadie.
Pasado un tiempo, ella le presentó a alguien. Era más joven, pero no por ello menos inteligente o aparentemente agradable. Su personalidad transmitía tal fortaleza que, pese a su visible fragilidad, era casi inquebrantable. Y, al igual que con su amiga, se hicieron también inseparables.
Por aquella época, contaba con unos diecinueve años, cree recordar. Y, a pesar de que quedan ya lejanos aquellos días, todavía siguen siendo buenos amigos, aunque ahora no tienen la oportunidad de verse tan a menudo como lo hacían antes, o de compartir tantos y tantos momentos como antaño vivieron, durante largos años.
Esa noche, tumbado sobre la hierba, observando la luna acompañada por sus estrellas, no se sentía solo. Estaban allí, junto a él. Ambas. Sus amigas.
De un lado, la soledad, quien, a pesar de su nombre, siempre llega cuando nos sentimos abandonados.
Del otro, aquella que casi siempre la acompaña, muchas veces disfrazada, ocultando su identidad. Tristeza, suelen llamarla.
Y cada una de ellas lo abrazaba con mayor fuerza que la otra, como queriendo demostrar cuánto lo querían. Y él, una vez más, se dejaba llevar, pues le era más fácil el hecho de rendirse al de luchar contra quienes le ofrecían algo, por ínfimo que fuera. Aunque ese algo fuese soledad, o tristeza.
Lo cierto, se dijo, ambas no son peores que la ignorancia o el desprecio, a quienes también había conocido. Y demasiado bien.
Así que tampoco le resultaba tan desagradable compartir algunos momentos con esas sus viejas amigas, sentir sus abrazos, recordando tiempos pasados.
Pero si lo hacía era porque, de algún modo, había aprendido.
Ahora, con una sola sonrisa podía despedirse de ellas.
Ahora, la primera lágrima derramada no significaba inevitablemente que estuviesen allí, a su lado.
Ahora, había con quienes compartir ambas. Sobretodo sonrisas sin lágrimas, y lágrimas con sonrisas.
Y es que ahora, había aprendido.
A estar solo sin soledad.
A sentir pena sin tristeza.
A llorar sin una lágrima.
A reír con una sonrisa.
.- SENS



