Mina





Todavía era noche cerrada, como cada día, pero esta más fría que las anteriores. Acostumbrado a levantarse a las 4:30 de la madrugada, su cuerpo no necesitaba más que llegase dicha hora para despertar. Era lunes.

Tras las finas paredes de la cabaña se escuchaba y casi podía sentirse un viento helado, típico de las escarpadas montañas en las que había vivido toda su vida. Corta, por cierto; tenía 11 años.

Su madre, enferma y medio ciega, descansaba en un lecho en el que se acumulaban viejas y roídas mantas que, por suerte, todavía mantenían el calor necesario para resguardarles del frío. Quizá podría comprar una buena manta con la paga del próximo mes, junto a lo poco que tenía ahorrado.

Su padre... su padre ya no estaba con ellos. Murió medio año atrás. Lo recordaba a menudo, sonriente, fabricándole juguetes con todo tipo de objetos. Pero lo que más recuerda de sus últimos días es aquella tos cavernosa.
Al menos, murió en casa, junto a ellos.
Ahora, él ocupaba su sitio en la mina.


El camino hasta ella, hora y media andando en plena oscuridad, le servía más que de sobra para despertarse por completo.
Algunos domingos, aquellos en los que no tenía que ir al pueblo a comprar lo necesario para sobrevivir, trabajaba también. Pero eran días especiales. Los domingos tenía permiso para salir de la mina un par de veces, e ir a rezar a la pequeña capilla que se encontraba en la entrada. Además, había hecho amigos. Aunque era el más joven de cuantos trabajaban allí, había un par de muchachos no mucho mayores que él, con los que compartía parte del camino diario de ida y vuelta, y con quienes charlaba en los momentos de descanso.

Cuando llegó ese día a la boca de la mina, sus compañeros estaban ya allí, alrededor de una hoguera. Lo saludaron con una sonrisa, removiéndole el pelo, como antes hacía su padre. Ahora, podía decirse que tenía muchos padres.
Ese día, por alguna razón, le hicieron un valioso regalo: un nuevo juego de herramientas, un casco y unas buenas botas. Éstas últimas le hicieron especial ilusión.
Seguramente, era lo utilizado por alguno de los trabajadores fallecidos hacía un par de semanas, cuando una de las galerías más profundas se vino abajo. Murieron siete.

Él trabajaba junto al jefe de mina, como antes lo había hecho su padre. Esto le evitaba adentrarse en las zonas menos seguras, o que lo utilizaran para abrir nuevas galerías por su menor tamaño.
"Debía sentirse afortunado", pensó.
Se cambió las botas, se puso el casco y se ató las herramientas a la cintura. Los nuevos, sustitutos de los accidentados en el derrumbe, mostraban una expresión como de alegría en sus rostros. Les era valioso, casi vital, tener un trabajo.
Aún de noche, se adentraron a una noche todavía más oscura.



Sonó el despertador, con su odioso timbre. Las 8 de la mañana. Lunes soleado. Tras un largo fin de semana de fiesta, le asqueaba levantarse para ir a trabajar a la oficina. Ver siempre las mismas caras, hacer el mismo trabajo todas las semanas. Aparentar que estaba bien, cuando en realidad no era así. La depresión que suponía padecía desde hacía un tiempo, causada por desprecios y decepciones sufridas, le quitaba las ganas de hacer nada. También las de hacer algo. Y en su monótona vida no encontraba un aliciente para sonreír. "Todo es una mierda", se repetía a menudo.
Aún tumbado en la cama, pensó, sin querer admitirlo, que necesitaba un psicólogo.

.- SENS

     

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