Hileras
La vereda que llevaba hasta dicho lugar era, casi siempre, un camino recto. A sus lados, hileras de cipreses se alzaban hacia el cielo, intentando alcanzarlo, proyectando los deseos de quienes allí yacen.
Las paredes de los muros, blanquecinas, sujetaban los goznes de grandes puertas de hierro forjado, negras, cuyos barrotes impedían por un tiempo la entrada y, quizá, la salida del lugar cuando permanecían cerradas, pero permitían observar el interior, como dando a entender que todo el mundo es bienvenido.
No visitaba a menudo el cementerio pero, en ese atardecer de otoño, se sentía solo.
Tras años sin pisar aquella tierra bien cuidada, llena de hermosas flores por todos lados, y alguna que otra fuente, sintió tal calma y paz que, al entrar en él, frenó el paso, y comenzó a contemplar algunas de las hermosas lápidas que, a cientos, inundaban todo alrededor.
Y, a medida que avanzaba, se dio cuenta de que no eran pocos los conocidos que aparecían en las fotos, como si de un álbum de recuerdos de su vida se tratara.
Sus pies le condujeron, inconscientemente, al lugar al que solía acudir a menudo tiempo atrás. Allí donde descansaba parte de su vida.
Permaneció un tiempo delante de tantos recuerdos, con los ojos entrecerrados, con su mente en calma, sintiendo presentes los abrazos y caricias de antaño. También las sonrisas, que le hicieron sonreír.
Unos pasos a su izquierda, escuchó, al rato, los sollozos de un niño pequeño.
Su hermano, junto a él, lo arropó y le dio un abrazo, reconfortándolo, y la tranquilidad volvió a su rostro.
Pasado un tiempo, del que apenas tuvo noción, y ya anocheciendo, la gente abandonaba poco a poco el lugar a través de la gran puerta. También los dos hermanos, juntos, unidos en la pena, en el pesar, y a buen seguro en muchas alegrías vividas.
No pudo evitar preguntarse por qué su hermano no había estado nunca a su lado. Por qué nunca le había cuidado. Por qué nunca dado un abrazo.
No pudo evitar preguntarse por qué su hermano había decidido, nada más nacer, ir junto a aquellos que acababa de visitar.
Cuando el último rayo del sol poniente rozaba las copas de los cipreses, y apenas quedaba ya nadie en el camino, sintió, mientras observaba el rojizo cielo, una brisa perdida recorriéndole el cuello. Al bajar la mirada, extrañado, observó a lo lejos a aquél niño pequeño que había oído sollozar minutos antes, señalándolo a la vez que abrazaba a su hermano mayor, y sonriendo.
Puede que la casi inapreciable brisa no fuera más que eso mismo... aire. Pero había sentido algo más, como si el gesto del niño se lo hubiese indicado.
Algo así... como el abrazo de un hermano... un hermano que guardaría, como a todos sus seres queridos que ya no estaban junto a él, en el mismo sitio en el que llevaba a la gente que, en vida, quería y permanecía a su lado: en un pedazo de su corazón.
.- SENS



