Expresiones





Era extraño.
Al abrir los ojos ese día no escuchó los típicos llantos del bebé de sus vecinos que, cada mañana, puntual a su reloj biológico, despertaba a gran parte del vecindario.
Y ese era un hecho extraño. Pues desde que se había mudado a su actual residencia, hacía unas semanas, no había necesitado más despertador que su pequeño vecino.
Esperaba que no le hubiese ocurrido nada.

Un rato después, tras un pobre desayuno y sin saber muy bien qué hora era, salió de casa, como hacía cada día.

El pequeño jardín situado unas casas más allá de la plazuela que tantos recuerdos le traía, solía contener brillantes y hermosas flores de multitud de colores, que le hacían detenerse admirado por la belleza de algo tan delicado y, en ocasiones, efímero. Pero ese día, por alguna razón, algunas estaban marchitas, y las que sobrevivían apenas relucían.
De algún modo, se sintió compungido.

En el mismo lugar de siempre, la ya anciana mujer que solía saludarlo con una sonrisa cuando por allí pasaba cada mañana, estaba sentada tomando los tímidos rayos de un sol avergonzado tras las nubes.
En esta ocasión, apenas levantó la mirada. "Debe de estar dormida", pensó para sí mismo.

Al parecer, unas casas más allá, se estaba celebrando algún acontecimiento. El ambiente era festivo, la gente se saludaba afablemente y mantenía vivaces conversaciones. Pero al acercarse al lugar, no vislumbró una sola sonrisa, un solo gesto de alegría en la multitud que allí se agolpaba.
Y eso le pareció, al menos, raro.


Recordaba estos acontecimientos ya al atardecer, camino de vuelta a casa, cuando se topó con un entierro. La gente, de riguroso negro en su mayoría, seguía al coche fúnebre que, lentamente, subía la calle en dirección a donde él se encontraba. Pudo notar la pesadumbre en el ambiente, la gran tristeza que un hecho como este produce.
Al cruzarse con aquella gente, la inexpresión de sus rostros lo impresionó. Ni una lágrima, ni un llanto, ni un lamento ahogado que sirviese de alivio.
Quedó allí, parado, hasta que las últimas personas lo dejaron atrás.

Sin embargo, quería volver cuanto antes a casa, así que apresuró su marcha, cabizbajo, sin levantar apenas la vista al cruzarse con alguien. Le daba miedo.
Nada más llegar a ella, se derrumbó en la cama. Las imágenes de aquel día vinieron a su cabeza, una y otra vez, hasta que quedó dormido.


Pasado un tiempo, la voz, más bien el llanto, de un niño pequeño lo despertó.
Y recordó.
Se preguntó si merecía la pena que existiesen las lágrimas, el dolor, el sufrimiento, la tristeza, a cambio de sonrisas, alegría y felicidad. Si servía de algo transmitir estos sentimientos, expresarlos, sacarlos a relucir cuando así se sintiese, o era mejor la frialdad, el fingir, la inexpresividad.
Respondería esas preguntas cuando pudiese comparar esas sensaciones. Pues algunas, las desconocía. Y otras, en cambio, le eran demasiado familiares.
Aunque, ciertamente, dudaba ser capaz de fingir sus emociones.

.- SENS

     

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